4 de agosto de 2008

Verne

Cuando murió el científico K. mayúscula de cáncer de próstata, el sillón k minúscula de la Academia Francesa de las Ciencias quedó vacante. De los cincuenta currículum que se presentaron para cubrir tan significativa pérdida, el de Julio Verne resultó el más completo y el que más impresionó al tribunal examinador.
Como lo exigía el reglamento, el jurado lo convocó para hacerle una entrevista personal y Julio Verne acudió a la cita con una presencia modélica: perilla afeitada a la última moda, chaleco de primavera y unos anteojos que le conferían un aire entre tímido y despistado, muy seductor según aseguró madame Curie.
Durante hora y media disertó sobre los peligros medioambientales de la civilización tecnológica actual, modulando la voz con cierto tono filosófico. Le salió un discurso redondo: ni demasiado catastrofista ni demasiado optimista. Al jurado le gustó su carácter resolutivo, su seguridad al hablar, su planta enérgica. Sin duda, pensaron que aquel hombre podía significar savia nueva que revitalizase aquella caduca institución.

Comienzo del cuento ‘El currículum de Julio Verne’
Publicado en el número 6 de la revista Fábula.

18 de julio de 2008

Lavrador

Me crié en la calle Labradores número dieciséis cuarto derecha. Las veces que habré escrito la dirección calle Labradores número dieciséis cuarto derecha. En becas, en formularios, en cartas. Mi destino era ser labrador. Cuando uno escribe veinte veces la misma palabra, casi seguro que se convierte en esa palabra. Casi seguro, porque en la vida tengo comprobado que casi nada es seguro. Ni la muerte es segura. He visto en un documental que, si tienes mucha pasta, te pueden congelar hasta que encuentren el gen de la inmortalidad. Pero yo no tengo mucha pasta. Ése ha sido siempre uno de mis mayores problemas: no tener mucha pasta.

Comienzo del cuento ‘Lavrador’
Publicado en el volumen colectivo ‘Logroño en boca de todos’
Libro editado en 2006 por el Ayuntamiento de Logroño

10 de julio de 2008

Barbado

Mi abuelo se llamaba Benan. Con b, de burro. Benan, de Bienaventurado y no de Venancio, como algunos creían. Le llamaron Bienaventurado para que le fuesen las cosas bien en la vida. Y no le fueron ni fu ni fa. Se quejaba de casi todo y de casi todo en general: de la salud, del tiempo, de Fraga (¡cómo farfullaba cada vez que salía Fraga por la tele!). Mi abuelo Benan tenía muy mala leche, un genio canalla. No sabía perder a las cartas. Tres jugadas sin triunfo y ya se encabritaba contra su poca suerte. No era hombre de argumentos sino de hechos. Incapaz de seguir una conversación, se comía a su interlocutor si le llevaba la contraria. Pero todo el mundo le quería. Sobre todo, las moscas. Se desesperaba cuando la abuela Benita (con b, de beso) organizaba una escabechina en verano con su matamoscas. “Ellas también tienen derecho a vivir”, decía. Y como los bueyes mansos aguantaba su asedio sin inmutarse.
Fragmento del cuento Barbado.
Publicado en el número 6 de Piedra de Rayo.

3 de julio de 2008

Corquete

Olvídate, por favor, de la decrepitud de este otoño.
Coge de una vez el corquete
y llena ese cesto de uvas.
El abuelo te está mirando, te está juzgando.
Borra ese temblor de la sangre que empaña tus ojos
con ortografías y silencios
y demuéstrale que ya eres todo un hombre.
Que has heredado un cuerpo de fortalezas y certidumbres,
de gestos concretos,
que tienen límites,
que comienzan ahora y terminan ahora.
Demuéstrale que no te asustan las conversaciones de los escorpiones,
porque tu lenguaje sabe por fin el significado de la mentira.
No tengas miedo a vivir.
Ni sientas lástima por el verano herido.
Piensa que la naturaleza no entiende de justicia.
Que la luz excava las frentes sin pensar en biologías.
Que el viento encela las hojas sin pedir permiso a nadie.
Agarra con fuerza el corquete
y llena de una vez ese cesto de uvas.
De un golpe, échatelo sobre los hombros.
Disimula, no aparentes esfuerzo,
aunque estás cargando remordimientos y culpas de tantas generaciones.
Y olvídate, por favor, olvídate de la hermosura de este atardecer.

Te estás quedando atrás, niño viejo.
¿En qué tierra de nadie te estás perdiendo?
La cuadrilla no te espera, no te espera.
Y al fondo, extrañado,
el abuelo te está mirando, te está juzgando.

Poema publicado en el número 8 de ‘Piedra de Rayo’

24 de junio de 2008

Destirpador

Pero ¿por qué he dicho en mis tiempos? ¿Acaso no son mis tiempos estos tiempos de ahora? Antes yo no me planteaba estas cuestiones। No me planteaba lo que era el tiempo. Simplemente vivía. No me planteaba lo que era la felicidad. Simplemente era feliz. No me planteaba lo que era el aburrimiento. Simplemente me aburría. Antes mi lenguaje era más sencillo, menos elaborado. El mañana era el mañana, pero ahora al mañana le llamo futuro. Y al ayer, pasado. Igual es que me estoy volviendo más sabia. Quiero decir que me noto más comprensiva. Pero me parece que me he hecho más sabia demasiado tarde. Porque también soy más infeliz. O puede ser que la sabiduría lleve consigo un poso de amargura. Ahora, lo noto, no hace falta que me mire en un espejo, soy una azada triste. Más sabia, sí, pero más triste.
Fragmento del cuento Destirpador.
Publicado en el número 9 de Piedra de Rayo.

15 de junio de 2008

Tufera

Esta historia tiene una heroína singular: una talla pequeña del Monasterio de Cañas. ¿Cuánto mide esta escultura humilde? Lo que un llavero, no más. Olvidada está en un rincón de la sacristía adonde no llega el sol. La ilumina un candelabro triste con unas velas de funeral. Dicen que es una imagen mariana; dicen que su mirada fría sobrecoge a quien la mira. En la mano derecha, la de las bendiciones, porta un objeto extraño: un tubo alargado con un capuchón en la copa. ¡Qué cetro más tosco para dama tan delicada! Pero, señores, no hay duda, no es una margarita, es una tufera lo que sostiene esa mano.
La llaman a esta talla santa Tufera. Pero antes de ser santa y de madera, ¿cómo llamaron a esta damisela? Eso no se sabe. Nadie se acuerda de su nombre en Cañas. ¡Ay, los siglos enfangan los recuerdos más que las riadas! Llamémosla pues Silvina, que suena a romance viejo. Por ese nombre, por Silvina, la debió de invocar tantas veces su marido. ¡Silvina, cose las albardas! ¡Silvina, limpia la pocilga! Así, con semejante vozarrón, le gritaba a su mujer aquel hombre rudo. Entonces eran tiempos de hombres rudos. De un solo azadonazo deslomaban los terrones. Grandes cavadores, sin duda, aquellos hombres antiguos. El de Silvina se llamaba Amador, aunque nunca fue, la verdad, un gran amante.
Fragmento del cuento Tufera.
Publicado en el número 28 de Piedra de Rayo. Primavera 2008.

4 de junio de 2008

Pinel

Cuando despegamos, la atmósfera estaba muy tranquila y se distinguía la ciudad de París iluminada como una tarta de cumpleaños. Me dieron ganas de soplar sobre ella y apagar todas esas luces. El globo iba subiendo y yo sentía algo de vértigo, y si miraba a la derecha, sólo veía aire, y si miraba a la izquierda, sólo veía aire. Estaba a punto de amanecer. Claude Monet dibujaba sin parar todo lo que yo le decía; en su gesto no había miedo sino decisión por conseguir de una vez por todas su sueño imposible. No habíamos subido muchos metros cuando nos metimos en una maldita nube que no nos dejó ver nada y nos envolvió por unos minutos, pero menos mal que el globo salió de ella, y seguimos ascendiendo muy rectos, muy rápidos en dirección hacia el sol; sin darnos cuenta fuimos ganando velocidad y en ese momento empezó a amanecer, y el primer rayo de sol se cruzó junto a nosotros y yo, Pío Pinel, el pintor de mayor talento de Mogroñedo, juró que lo vi y que me rodeó y que me dijo: “Aquí estoy, píntame”. Y yo empecé a describir el verde, el azul, el rojo, el marrón, y por cada color que describía parecía que estaba descubriendo e inventando un mundo nuevo, porque cada color andaba a sus anchas con una total felicidad, una felicidad que nunca antes había conocido…
Fragmento de la novela ‘Yo, Pío Pinel’
Relata la vida del jardinero de Claude Monet.
Fue primer premio de la III Edición del Certamen de Novela Corta Ciudad de Monzón.