28 de enero de 2009

Marisa

Una fotografía inmensa de Samuel Beckett cuelga en medio del escenario. Su rostro arrugado y su mirada triste se extiende por todo el teatro. Didi y Gogo están sentados debajo del retrato de Beckett. De vez en cuando levantan los ojos y miran la fotografía. Parece que esperasen una señal, una voz, una orden, pero como la fotografía no habla, se vuelven a sentar aburridos y ensimismados.

Didi: ¿Otra vez aquí?
Gogo: Otra vez.
Didi: ¡Vaya mierda!
Gogo: Ya lo creo.
Didi: ¿Y hay que soltar lo de siempre?
Gogo: ¡Qué remedio! Él manda. (Señala a la fotografía)
Didi: ¿Y paga?
Gogo: Ya ves… (Escudriña sus bolsillos vacíos)
Didi: Tenemos mala suerte.
Gogo: Ni que lo digas.
Didi: Mal pagados.
Gogo: Y mal vistos.
Didi: Bueno… (Carraspea) tenemos prestigio.
Gogo: ¡Joder con el prestigio!
Didi: ¿Qué pasa?
Gogo: Con el prestigio no se come.
Didi: ¿Y qué quieres? Algo es algo.
Gogo: ¿Te conocen?
Didi: ¿Conocerme?
Gogo: Sí, por la calle.
Didi: (Piensa unos segundos)… Nadie.
Gogo: ¿Nadie?
Didi: Bueno… mi madre.
Gogo: Si no tienes madre.
Didi: Pues… mi padre.
Gogo: Tu padre no vale.
Didi: Entonces… (Desesperanzado) nadie.
Gogo: Pues estamos jodidos.


Inicio de la obra de teatro ‘Esperando a Marisa’
Premiada en la primera edición del certamen ‘Teatro Mínimo Rafael Guerrero’

30 de diciembre de 2008

Merendero

Iba a escribir un cuento, pero he decidido pintar un cuadro. Yo no soy pintor. Dibujo muy mal. Mis dibujos parecen los garabatos de un niño. El sol, arriba; la casita con la chimenea echando humo, abajo. Pero aún así, voy a intentarlo. Porque hay sentimientos que como mejor se expresan es a través de un lienzo. La alegría, por ejemplo. Me refiero a la alegría de vivir. No quiero desprestigiar a la literatura pero la realidad es que se ha vuelto muy compleja; te puedes tirar meses escribiendo una historia más o menos divertida, más o menos optimista, para que luego venga el crítico de turno y te descubra que has estado escribiendo sobre lo contrario de lo que querías escribir: “Sobre la superficie de una historia de humor se esconde la tristeza de un hombre abandonado”. Lo dicho, un lío.
Con un cuadro, sin embargo, las reacciones son más primitivas. Sobre todo, si quien juzga es una de esas personas sencillas, que jamás ha entrado en un museo, ni falta que le hace, porque cuando contempla una terraza engalanada de tiestos, conjuntados en colores y formas, se emociona ante tanta belleza junta. Esas personas no divagan, simplemente dicen: “Me gusta este cuadro porque es muy luminoso”. Y se lo compran y lo cuelgan en el sitio donde más se vea, donde más luzca de la casa: en una de las paredes del salón, pegado al retrato familiar. Y yo quiero pintar un cuadro para esta clase de público. Uno de esos cuadros baratos, que gustan a las señoras mayores porque al mirarlos les pasa algo extraño por dentro: como que su sola visión (“cosas de la edad”, piensan) les alegra la mañana y ya se les hace menos pesado quitar el polvo a las lámparas. Un cuadro realista, con su obligada perspectiva, donde hasta el detalle más nimio sea reconocido. Nada de abstracción, que me resultaría molesto que me vengan preguntando si lo que he pintado representa un bodegón, un desnudo femenino o qué. Mi cuadro tiene que ser tan sencillo que lo entienda cualquiera sin necesidad de leer su título. Y lo llenaré de color, mucho color. Nada de blanco y negro, que confiere cierto prestigio al artista pero a la vez da un aire fúnebre a sus creaciones. Y yo lo que pretendo es todo lo contrario: pintar un cuadro alegre. Que haga feliz a todo el mundo. Incluidos los fabricantes de marcos.

Inicio del cuento Merendero.
Publicado en la revista ‘La Prensa del Rioja’

10 de diciembre de 2008

Viniegra

Si Viniegra de Abajo es ensalzado por su elegancia callejera como el segundo Madrid, Viniegra de Arriba podría ser piropeado como el segundo Bilbao. No por el ego acentuado de sus lugareños, que reciben al forastero con una cordialidad de égloga, sino por su recogimiento urbanístico. Este bello pueblo riojano, enclavado en un agujero montañoso, necesita altura para ser paladeado. Hay lugares que se descubren mejor a ras de cielo que de tierra. Si sólo desde el elevado Parque de Echevarría estalla el esplendor anárquico de la capital bilbaína, únicamente desde las alturas del Buen Pastor se comprende el encanto de Viniegra de Arriba. Alguien con fe y piernas colocó esta escultura sacra con una oveja en una escarpada ladera para que velase por las almas del alto valle del Najerilla. Ningún otro sitio tan propicio como una sierra ganadera para plantar esta imagen religiosa, que desde su atalaya vigila para que no se le descarríen sus rebaños, ni los humanos ni los animales.

Fragmento del artículo publicado en la revista Geo sobre el pueblo riojano Viniegra de Arriba.

29 de noviembre de 2008

Eusebio

Eusebio Padilla fue uno de los mejores extras de toda Almería. Uno de los más cotizados. Trabajó con los más grandes, con Clint Eastwood, con Valentino Veracruz, con Charles Bronson… En casi todos los spaghetti western aparecía su figura flacucha estrellándose contra el suelo. Su especialidad eran las caídas desde un caballo o desde la cornisa de un tejado. Le disparaban, caía en seco y fruncía el ceño agonizante. Un primer plano y perfecto. No le hacía falta ni bolsa de tomate ni nada. Un solo gesto suyo valía por mil chorros de sangre. Había otros extras que cabalgaban mejor, había otros extras que eran más espectaculares, pero sólo Eusebio Padilla ponía esas caras tan alucinantes, tan de muerto, tan dolorosas, tan idas. Nadie se moría con tanto sentimiento. Dicen que el propio Sergio Leone en el rodaje de una de sus películas se quedó tan impresionado con una de las caídas de Eusebio Padilla que paró la escena todo asustado para ver si ese hombre no se había matado de verdad.

Inicio del cuento ‘Eusebio Padilla’
Fue incluido en una antología de cuentos de cine.

11 de noviembre de 2008

Ubú

Prefacio para adultos, de amena lectura, que proporcionará útiles conocimientos para ganar concursos culturales en la televisión


Este libro nace por el llanto desconsolado de un niño. Su imagen compungida protagonizó las sátiras de quienes se ríen de los fracasados. El niño se llama Samuel, un cerebrito superdotado, matrícula de honor en catorce de quince asignaturas. Samuel lo sabía casi todo: las moléculas, los números primos, el movimiento de traslación, los antónimos, el Genitivo Sajón… Eran tantos sus conocimientos que todos pensaban que Samuel iba a ganar el premio al niño más listo de su barrio. En un programa cultural de la televisión local, contestó sin titubear a cuarenta y nueve preguntas. Y entonces llegó la pregunta cincuenta, la última, la que separaba el éxito del fracaso. El presentador sacó con solemnidad una tarjeta de un sobre y le preguntó a Samuel: “¿Qué escritor francés escribió ‘Ubú Rey’?”
Después de formulada la pregunta, comenzó a correr el tiempo, treinta fatídicos segundos. Toda la audiencia estaba pendiente de Samuel. El chaval se puso rojo; luego, blanco; luego, amarillo. No sabía la respuesta. Cuando acabó el tiempo, se echó a llorar abochornado. Fue una rabieta descomunal. La cámara, para ganar audiencia, enfocó un primer plano cruel de su rostro desencajado. Y para remarcar su ignorancia, sobreimpreso sobre sus lágrimas apareció un rótulo, parpadeante como un fluorescente de neón, informando de la respuesta correcta: “¡Alfred Jarry!, ¡Alfred Jarry!, ¡Alfred Jarry!”.
Samuel regresó a su casa alicaído. Le llamó Angelines, su profesora de literatura, para consolarle pero se negó a hablar con ella. Al crío no le entraba en su cabeza cómo su maestra no le había explicado en clase quién había sido Alfred Jarry. Le parecía incomprensible que le hubiese enseñado de todo (verbos, adverbios, sufijos, prefijos, preposiciones…) menos lo más importante: la literatura como juego, como burla, como absurdo, como placer, como crítica, como subversión, como ironía, como imaginación, como humor.
Desde entonces, Samuel no ha dejado de llorar. Es un niño triste. Lleva todo el verano encerrado en su habitación sin ganas de aprender nada. Sus padres le dan para leer lecturas tonificantes como ‘El principito’ o ‘La historia interminable’ pero él las rechaza. Desconfía de las enseñanzas de los adultos. Necesita un tratamiento de choque para recuperar la confianza en los libros. Por eso, hemos decidido realizar una versión de ‘Ubú Rey’: para curar a Samuel y a tantos niños como Samuel que no se fían de lo que les enseñan en las escuelas. Ya es hora de que conozcan la obra revolucionaria de Jarry, el precursor de la modernidad literaria. Nadie mejor que ellos entenderán la personalidad arrolladora de Ubú, el personaje más desternillante del pasado siglo; nadie mejor que ellos entenderán los contenidos apasionantes de la patafísica, una ciencia que convierte lo imposible en posible.


Prefacio de ‘Ubú, rey de los mares’
Publicado por Pepitas de Calabaza. Octubre 2008.
Los dibujines del libro son obra de Carmen Hierro.

8 de noviembre de 2008

Malawi

Anoche Yuli soñó otra vez con una pradera amarilla, con unas palmeras alargadas, con unos antílopes veloces, con una choza de madera boabab, con un fuego rojo, con una tartera oxidada, y con una mujer que removía con un palo un caldo humeante. La mujer, de ojos claros, de piel negra, le ofrecía con gesto cariñoso un cazo, hablándole en un idioma extraño, susurrándole unas palabras onomatopéyicas en una lengua desconocida. Pero cuando Yuli iba a probar un sorbo de aquel caldo tan rico, la sirena de un tren la despertó. El expreso de las ocho de la mañana venía con cierto retraso y aullaba sin parar.
- ¡Piii... Piiiiii... Piiiiiiiii!
La residencia donde vivía Yuli estaba a las afueras de la ciudad. Era como una isla rodeada de ruidos. La parte delantera del edificio estaba sitiada por una carretera por la que circulaban cientos de vehículos y la parte trasera limitaba con las vías del tren. Los niños a veces se asomaban por las ventanas para tirarles piedras a los ferrocarriles. “¡Marica el que no llegue!”, gritaban.

Inicio del cuento ‘Tren a Malawi’
Fue primer premio de un certamen de cuentos solidarios.

30 de octubre de 2008

Guerrero

¡Ay, qué buen cristiano fue siempre el Guerrero del Antifaz! ¡Con qué fe desenvainaba la espada y degollaba a los impíos! Batalla tras batalla fue ganándose un nombre entre los caballeros más influyentes de la reconquista española. Quienes le conocían veneraban su prudencia en el trato, su cortesía en el amor, su arrojo en el combate. No vivía castellano viejo, nacido de familia honrada, que no admirase su confianza infinita en el Señor. Esta entrega absoluta a su patria y a su credo llegó a oídos de Fernando el Católico, un santo varón que sólo pensaba en primar la lealtad de sus súbditos. Por eso, propuso en el consejo real de primeros de mes premiarle con la medalla al Buen Vasallo, una condecoración que hasta el momento sólo había recibido el Cid Campeador. El Guerrero del Antifaz, que estaba combatiendo en la frontera, recibió la noticia con estupor. Como era de naturaleza modesta, se emocionó y apenas pudo articular palabra: su vida no había sido demasiado fácil y estos reconocimientos, pensó con alegría, eran los que permitían a cualquiera seguir tirando en la vida.

Fragmento del cuento ‘Buen Cristiano, Buen Vasallo’
Fue primer premio del certamen de cuentos ‘Noble Villa de Portugalete’